La señorita Ramírez está por tomar el ascensor rumbo a la sesión con su analista, el doctor Supositoire.

 Portero: ¿Adónde va?

Señorita: ¿Cómo que adonde voy? Voy al 4° "G".

Portero: ¿A lo del doctor? Qué raro, porque todos los martes a esta hora suele venir una mujer.

Señorita: Yo soy una mujer.

Portero: Sí, ya lo sé, pero yo decía otra, una morocha, con pe­lo lacio y cara...

Señorita: Yo era morocha y de pelo lacio. Me teñí y me hice la permanente. ¿Qué iba a decir de mi cara?

Portero: ¿Y la estética, también se hizo la estética? Le pregun­to porque la veo muy mejorada, ¿sabe? Porque, entre no­sotros, cuando usted empezó a venir, yo me dije... humm, esta mina está más loca que una cabra, pobre doctor los pa­cientes que le tocan; seguro que ésta es psicópata, esquizo­frénica o por lo menos melancólica con tendencias autodestructivas incoercibles.

Señorita: ¿De dónde sacó eso?

Portero: De su manera de tocar el timbre. Usted sabe, yo soy muy psicólogo, y tanto estar acá en este edificio lleno de analistas, neuróticos y algún que otro perverso polimorfo, uno se va formando, va adquiriendo práctica. Además, ten­go un supervisor de primera.

Señorita: ¿Supervisor?

Portero: Sí, Rodríguez, el encargado del edificio verde que es­tá ahí en la esquina, ¿lo ve? Rodríguez ya es nuestro didacta, todos los encargados de la cuadra supervisamos con él. Y alguno de los analistas, también, no le voy a mentir, pe­ro hablemos mejor de usted: la lleva bien el doctor, ¿no?

Señorita: Bueno, sí, el doctor es como un padre para mí...

Portero: ¿Usted lo dice en el sentido edípico, o simplemente porque se hace cargo de sus angustias y frustraciones, a la vez que le pone límites que le permiten y al mismo tiempo le prohiben desarrollarse como persona? Porque no es lo mismo, ¿vio?

Señorita: Mire, yo preferiría no hablar de esto porque...

Portero: Sí, sí, claro, la resistencia, ya lo veo. Usted se com­porta conmigo como si yo fuera su madre que la va a retar por algo que usted imaginó con el doctor Supositoire, que vendría a ser su padre, es decir como si usted ocupara el lugar que en realidad me corresponde a mí, por eso le da cul­pa y se oculta, y actúa ese deseo de ocultarse haciéndose la permanente y tiñéndose el pelo, que por otra parte no le quedaba nada mal antes, le daba un aspecto psicótico muy atractivo.

Señorita: ¡Escúcheme!

Portero: No hace falta que me lo pida como un niño a su ma­dre. Yo ya la estoy escuchando.

Señorita: Usted está actuando como si fuera el doctor y...

Portero: ¡Lindo truco, el suyo! Yo le dije primero que usted ac­tuaba conmigo como si yo fuera su madre y el doctor su pa­dre edípico; ahora usted me pone a mí, su madre, en el lugar del doctor, su padre, con lo que las figuras quedan indiscrimi­nadas, ya no se sabe quién es mamá y quién es papá, y enci­ma después usted me interpreta esto poniéndose usted mis­ma en el lugar del doctor y a mí en el lugar suyo, con lo que quedamos los tres aglutinados en una pelota que...

Señorita: Pare, pare, que a usted nadie lo metió en nada. Yo me atiendo con el doctor, ¡y listo! (Toma el ascensor.)

Portero (desde abajo, le grita enojado): ¡Y yo qué soy, el por­tero excluido soy!

El licenciado Freudenlerner, joven analista, abre la puerta de calle del edificio en el que tiene su consultorio, y antes de que tome el ascensor, llega el portero.

Portero: Ay, licenciado, tengo una mala noticia para usted.

Freudenlerner: ¡No me diga que cortaron la luz!

Portero: Si fuera eso nomás. No, lo que le quiero decir es que su paciente de las 16, vio, ese medio neurótico con ciertos rasgos adictivos, bueno, ése, no va a venir más al tratamiento.

Freudenlerner: ¿Y usted cómo lo sabe? ¿Acaso mi paciente vino y habló con usted?

Portero: Pero no, licenciado. ¿Cómo va a hacer eso? ¿Y el se­creto profesional? No, lo que pasó es que hace un par de horas, cuando creía que nadie lo veía, pero yo lo vi, solici­tó una entrevista con el licenciado del 5° "J".

Freudenlerner: ¡¿Goldstein?! No puedo creerlo. ¿Cómo me va a hacer una cosa así? ¡Si estudiamos juntos, fuimos al mismo grupo de Lacan, hasta tenemos ciertos acuerdos teóricos al­rededor de la transferencia y las pulsiones! ¡La de noches que habremos pasado meta pipa y catarsis hasta que nos echaban del bar! ¡Y encima con ese caso tan atractivo!

Portero: Así son las cosas, licenciado, el analista es siempre el último que se entera. Todo parece estar muy bien, hasta que un día la transferencia se disuelve y el paciente se va sin de­jar huellas mnémicas. Pero recuerde que los lacanianos no lloran.

Freudenlerner: Se ve que usted sabe de esto, ¡eh!

Portero: Es que acá se ve cada cosa. Mire, conocí pacientes que dejaron a sus analistas por otros, analistas que dejaron a sus pacientes por otros, pacientes que se analizan entre ellos, ti­pos que practican el análisis con sus propias cuñadas, sobri­nas o consuegras. Tipos que se analizan con dos al mismo tiempo. Analistas que no reconocen a sus pacientes. Tipos que se analizan en el ascensor. Altas o interrupciones antes de tiempo. Mire, hubo uno que se analizaba con el licencia­do del piso 15°, pero un día que no andaba el ascensor co­noció a una licenciada del primer piso, y ahí están, ¡cada vez que se corta la luz el pobre de arriba cree que su paciente falta por causa justificada y no le cobra la sesión, y el otro aprovecha y se recuesta en el diván de ella! ¡Mire si no ha­brá casos!

Freudenlerner: Me convenció, voy a dedicarme a vender za­patos, como quería mi papá. (Se va.)

Portero (por el portero eléctrico): Hola, ¿Gómez? Sí, mire, voy a tener un departamentito apto profesional como el que quería para su cuñada, se está por desocupar, ¿le interesa?

 Tal vez estos casos alcancen, tal vez no, pero creemos que como pruebas son más que fehacientes. Y si no, baje y pregún­tele al portero.

 Texto extraido del Libro "Buffet Feud de Rudy.