La causa más común de la pérdida de propósito es, simplemente, el aburrimiento. Parece que e aburrimiento es una característica exclusiva de los seres humanos (ningún otro animal, en su habitat natural, lo manifiesta).  El hecho es que los animales están demasiado ocupados como para aburrirse (deben buscar alimento, evitar ser alimento de otros, defender su territorio, tratar de aparearse ocuparse de sus crías, prepararse para la próxima estación). Esto es aplicable a los animales salvajes (incluso a los domésticos, que dependen del ser humano para su supervivencia. En cambio, los animales en cautiverio (p. ej., las fieras salvajes en cerradas en los zoologicos), sí presentan signos de aburrimiento, generalmente acompañados de un comportamiento anormal o demente (cosa que hay que resaltar, ya que es, sin duda, una condición propia del cautiverio, no del animal).  El animal humano pertenece un poco a cada una de estas categorías. A veces somos salvajes Más a menudo estamos domesticados (o, si lo prefiere, civilizados). Habrá oído decir que «el matrimonio le ha domesticado», aunque suela ser una protesta (de, por ejemplo, los miembros de una hermandad por la «pérdida» de un compañero).  Podemos resistirnos, pero necesitamos cierto grado de domesticación para avanzar, tanto en el terreno individual como en el social. También somos criaturas cautivas, aunque no sea siempre en el sentido literal del término.  Por decirlo de una forma más figurativa, somos cautivos dentro de los límites de nuestro lenguaje, cultura y experiencia. Nadie (ni un ser humano ni ningún otro animal) se aburre en una crisis. Todo el mundo tiene su propósito durante una catástrofe: preservar su propia vida. Los animales no humanos ejercen menos control sobre su entorno que los humanos, por lo que se ven más amenazados en su vida cotidiana. Hemos pensado y luchado mucho para obtener una condición relativamente fácil; por consiguiente, para la mayoría de la gente de los países desarrollados la vida no representa una larga serie de esfuerzos a fin de sobrevivir. Sin embargo, es peligroso poseer todo lo que se necesita (e incluso es más peligroso poseer todo cuanto se desea). Si su meta son los bienes materiales y ya dispone de todos ellos, el sentimiento de no tener más montañas que escalar es desesperante.

Existe una estrategia muy simple que podemos desarrollar una vez que hemos comprendido el impacto del aburrimiento sobre nuestros sentimientos de falta de propósito.  Algunos de nosotros necesitamos volver un poco a la vida salvaje para refrescar nuestra sensibilidad. Cuando la domesticación (y el cautiverio) han hecho su trabajo, una bocanada de aire fresco puede aclarar la mente «Volver a la naturaleza» tendrá un significado diferente para diferentes personas.

No se fatigue acampando donde no hay agua corriente si sabe que se va a sentir desgraciado sin su ducha diaria Descubra qué es lo que a usted le conviene: dar una vuelta a la manzana en un día soleado, haraganear en  su jardín o permanecer completamente solo durante un mes en la zona más agreste de un parque nacional. Conectarse de nuevo con el mundo natural, de la forma que a usted más le convenga, es el modo más seguro de recuperar la perspectiva de su vida como parte de una totalidad mayor; no como una parte aislada y accidental de un pedazo masivo de caos, ni como una patética ruederilla en el engranaje de una máquina implacable, sino como una parte integral de un sistema complejo y vibrante. Indudablemente, el tedio y el aburrimiento, que presumen de haber agotado la variedad y los goces de la vida, son tan viejos como Adán.  Pero las capacidades del hombre jamás se han medido; ni nos corresponde a nosotros juzgar por cualquier precedente lo que el hombre puede hacer, pues es muy poco lo que ha intentado.

Fuente: Mou Marinoff